Cuando la aristocracia se tropieza con su propio ridículo: llega "Fackham Hall"
La comedia británica "Un muerto a la hora del té" reescribe los códigos de Downton Abbey con enredos matrimoniales, un detective de manual y un humor que no se guarda nada. Un estreno para reírse de las clases altas con descaro.

Imagínense el pasillo de un casamiento inglés con vajilla de plata, guantes blancos y un mayordomo cruzándose la mirada con la novia, que preferiría estar en cualquier otro sitio. Esa es la postal que abre "Un muerto a la hora del té" ("Fackham Hall", en su título original), la nueva comedia británica que toma los gestos solemnes de los dramas de época y los pone cabeza abajo. La película, de 97 minutos, llega a la cartelera local con una premisa tan simple como eficaz: hacer tropezar a una familia aristocrática con sus propias reglas.
Un casamiento que no fue y un patrimonio que se cae a pedazos
La historia arranca con Poppy Davenport (Emma Laird) a punto de pasar por el altar con su primo Archibald (Tom Felton), un enlace que no tiene nada de romántico y mucho de negocio familiar. Poppy ama a otro hombre, uno de condición inferior, y el casamiento se frustra antes de empezar. Ese tropiezo desata la crisis: la familia necesita asegurar el futuro de la mansión y de su apellido, y todas las miradas terminan puestas en la hermana menor, Rose (Thomasin McKenzie).
Rose también tiene sus propios planes, claro, porque la vida no espera a que los Davenport ordenen sus cuentas. Se cruza con Eric Noone (Ben Radcliffe), un carterista que llega a la casa para entregar un mensaje y termina, casi sin querer, ocupando un puesto en el servicio. Lo que empieza como un error administrativo se convierte en el segundo gran conflicto de la película: el amor entre una heredera y alguien que, según las reglas de la mansión, no debería ni mirarla a los ojos.
Un Poirot con frac prestado y guionistas con timing
Como si los romances cruzados no alcanzaran, la dirección de Jim O'Hanlon (que ya había adaptado "Emma" en 2009) suma un hilo detectivesco a cargo del inspector Watt, interpretado por Tom Goodman-Hill. El personaje es una caricatura amorosa de Hércules Poirot: bigote recortado, deditos sensibles y una obsesión por el orden que la película se encarga de llevar al ridículo cada vez que puede. Su investigación convive con los enredos sentimentales y con las jerarquías de la casa, y funciona como el motor que mantiene la trama en movimiento.
En el guion aparece, además, la firma del humorista Jimmy Carr, conocido por su estilo de remates cortos y juegos de palabras. Esa marca se nota: los chistes verbales dialogan con la comedia física, con escenas donde la solemnidad de los cubiertos de plata o del protocolo de la sobremesa se transforma en gag. La película no se guarda nada a la hora de reírse de los matrimonios entre parientes, del celo por conservar el patrimonio dentro del clan y de esa idea tan británica de que la sangre decide más que el corazón.
Yo confieso que entré a la sala expecting otra postal almibarada al estilo británico, con lágrimas contenidas y un final de cámara lenta, y me encontré con algo que se ríe de sus propios modales. Esa es, para mí, la mejor noticia que trae "Un muerto a la hora del té": que se anima a desacartonar el género sin perder el placer de mirar pasillos con candelabros y jardines prolijos. La recomiendo para ir en pareja o con amigos, idealmente con un buen té al lado y las ganas de soltar una carcajada cada vez que un mayordomo se tropieza con la vajilla. Es cine para pasarla bien, sin culpa y, sobre todo, sin reverencia.
“La película no se guarda nada a la hora de reírse de los matrimonios entre parientes, del celo por conservar el patrimonio dentro del clan y de esa idea tan británica de que la sangre decide más que el corazón.”Ludmila Pintos, Cultura y carnaval
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