Sábado, 26 de septiembre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕

Entre Ríos Informa

Portada — Vida —

Cuando el rencor se queda a vivir adentro: lo que le hace al cuerpo, paso a paso

No es un tema del alma y nada más: mantener viva una ofensa durante años reconfigura el sistema cardiovascular, hormonal, inmunológico y muscular. Un recorrido por lo que la ciencia viene comprobando sobre el costo físico de no soltar.

EZ
Esteban ZapataSociedad y vida · 7 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

Yo quiero contarles algo antes de entrar en los datos, porque la nota que sigue habla del cuerpo, pero empieza en una cocina. La conozco a Marta hace más de veinte años, desde aquellos tiempos en que íbamos juntos a la escuela primaria en un pueblo del interior. La vi por última vez en una reunión de ex compañeros, y mientras tomábamos un café me dijo algo que se me quedó grabado: "Yo todavía no puedo dormir del lado derecho desde que mi ex me dejó." Lo dijo así, con una media sonrisa, como si fuera una pavada, pero después me contó que arrastra esa contractura en el cuello desde hace casi quince años, que se hizo todos los estudios imaginables y que los médicos nunca le encontraron una causa clara. Cuando le pregunté si había perdonado, se quedó callada un rato largo y me dijo: "Perdonar no es olvidar." Ahí entendí que la frase que más se repite cuando hablamos de rencor es esa: "yo no lo puedo soltar." Y lo que vamos a ver acá es qué pasa con el cuerpo cuando, efectivamente, no lo suelta.

El rencor no es lo mismo que la bronca

Hay una diferencia clave que vale la pena marcar antes de seguir. La bronca es una reacción puntual: aparece con fuerza frente a una situación, nos pone en alerta y, si todo va bien, se disipa en cuestión de horas o de días. El rencor es otra cosa: es volver una y otra vez sobre la misma ofensa, masticarla, repasarla, sostenerla encendida durante meses, años o incluso décadas. El origen puede ser una traición amorosa, una injusticia en el trabajo, una pelea familiar que nunca se cerró, un desalojo, un abandono. Lo que tienen en común esos casos es que la persona no logra procesar lo que pasó y el cerebro sigue tratándolo como si la amenaza estuviera ocurriendo en este preciso momento. Y acá viene el dato central: el cuerpo no distingue entre una amenaza real y un recuerdo que se vuelve a activar. Responde igual.

Lo primero que se altera, y esto lo dice la literatura médica con bastante consenso, es el sistema cardiovascular. Cuando el rencor se vuelve un estado permanente, la presión arterial tiende a elevarse de forma crónica y la frecuencia cardíaca se acelera incluso en reposo, sin que haya un esfuerzo físico que lo justifique. El organismo interpreta el recuerdo de la ofensa como un peligro activo y dispara los mismos circuitos de alarma que usaría si estuviéramos frente a un perro que nos quiere morder. Esa repetición, día tras día, va dejando huella: con el tiempo aumenta el riesgo de enfermedad coronaria. No es una metáfora, es un mecanismo fisiológico.

  • Presión arterial elevada de manera sostenida y frecuencia cardíaca acelerada en reposo, con mayor riesgo coronario.
  • Cortisol alto durante más tiempo del previsto, con insomnio, acumulación de grasa abdominal y menor sensibilidad a la insulina.
  • Defensas inmunológicas debilitadas e inflamación crónica de bajo grado, asociada a enfermedades cardiovasculares, metabólicas y hasta algunos tipos de cáncer.
  • Tensión muscular permanente en cuello, mandíbula y espalda, que suele terminar en cefaleas tensionales sin causa médica evidente.
  • Malestar digestivo recurrente, por la sensibilidad especial del eje intestino-cerebro al estado emocional.
  • Fatiga que no se explica por el esfuerzo físico: es el desgaste de mantener una respuesta de emergencia pensada para durar minutos, no años.

Lo que dice un especialista

“No hay evidencia sólida como para atribuir al rencor una enfermedad específica, pero sí que mantiene activados mecanismos perjudiciales para el organismo de forma sostenida. En ese sentido, el cuerpo que paga la factura es siempre el propio.”Norberto Abdala, psiquiatra, especialista en psiconeuroendocrinología

La frase del doctor Abdala me parece importante por lo que dice y por lo que no dice. No está afirmando que el rencor cause, por ejemplo, un infarto o una diabetes. Lo que sostiene es algo más sutil y, a la vez, más inquietante: que el rencor prolongado deja encendida una serie de mecanismos que el cuerpo no fue diseñado para sostener en el tiempo. El cortisol, que en su justa medida nos ayuda a despertarnos y a responder a una emergencia, se mantiene elevado más de la cuenta. Eso desregula el sueño, favorece la acumulación de grasa en la panza y va reduciendo la sensibilidad a la insulina, lo que puede abrir la puerta a trastornos metabólicos. El sistema inmunológico, cansado de estar en alerta, empieza a responder peor frente a virus y bacterias comunes, y al mismo tiempo deja pasar una inflamación silenciosa que se asocia con enfermedades crónicas de todo tipo. El cuerpo se tensa de manera literal, como si estuviera preparando los músculos para un golpe que nunca llega: el cuello, la mandíbula y la espalda se endurecen, y muchas cefaleas que la gente arrastra durante años sin diagnóstico encuentran ahí una explicación razonable. Y el aparato digestivo se resiente, porque la conexión entre intestino y cerebro es de las más sensibles al estado emocional.

Hay un último punto que me parece clave y que a veces se pasa por alto. La fatiga que produce el rencor no es una fatiga muscular: es el agotamiento de sostener, sin pausa, una respuesta de emergencia que el cuerpo diseñó para ser breve. Es como tener el motor revolucionado durante un viaje entero: el auto llega, pero con el radiador humeando. Por eso, cuando alguien dice "estoy cansado y no sé por qué", y al mismo tiempo reconoce que no puede soltar determinada situación, la conversación tiene que empezar por ahí.

Vuelvo a Marta un momento. Hace unas semanas me mandó un mensaje para contarme que empezó un tratamiento psicológico después de décadas de cargar con esa contractura y con el dolor de la separación. No me dijo que ya perdonó, ni creo que tenga que hacerlo para estar bien. Me dijo otra cosa, que me parece la mejor forma de cerrar esta nota: "Estoy aprendiendo a no visitar la ofensa todos los días." Si el cuerpo lleva años interpretando ese recuerdo como una amenaza viva, cada día que dejamos de visitarlo es un día que el sistema cardiovascular, el hormonal y el inmunológico pueden, por fin, bajar la guardia. No es un tema del alma y nada más. Es, literalmente, un tema del cuerpo.

EZ
Esteban ZapataSociedad y vida

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo