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Cuando despedir a alguien se parece más a una fiesta que a un velorio: cinco rituales que le ganan al duelo a su propia ley

De Nueva Orleans a Ghana, del altares mexicano a las olas del Pacífico, las sociedades encontraron formas colectivas, coloridas y hasta divertidas de honrar a los muertos. Una recorrida por tradiciones que transforman el dolor en celebración de la vida, contadas desde la calle, el cementerio y el mar.

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Esteban ZapataSociedad y vida · 27 DE AGO DE 2026 · 5 min de lectura
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Me lo imagino una vez más, parado en la vereda, con el cuaderno bajo el brazo y la libreta a punto, mientras la banda arranca esa melodía lenta en la puerta de la iglesia. Es Nueva Orleans, pero podría ser cualquier barrio del sur de Estados Unidos: el féretro avanza por la calle y detrás, en vez de un silencio solemne, va sonando una trompeta, después un coro de voces, después un ritmo que ya parece de Mardi Gras. La gente no llora de espaldas: baila. Abraza al deudo, se toma del brazo con un vecino, golpea las palmas al compás. Yo, que cubría el sepelio como periodista, terminé moviendo los pies sin darme cuenta, contagiado por algo que no sabía nombrar. Ahí entendí que estaba viendo un duelo que no se parecía en nada al que conocía.

Esa imagen me quedó dando vueltas durante semanas, porque acá, del otro lado del mundo, solemos asociar la muerte con recogimiento, con voces bajas, con el pésame murmurado en la puerta de la casa. Y sin embargo, en muchísimas partes del planeta la despedida se vive como un acto colectivo, ruidoso y hasta festivo. No se trata de negar el dolor: se trata de procesarlo en comunidad, con música, comida, color y movimiento. Es lo que la antropología llama rituales funerarios, y aunque cambian según la cultura, comparten una misma función social y psicológica: darle a la pérdida un marco, un tiempo y un lugar para que el llanto no se trague a nadie solo.

Nueva Orleans: una banda para el último viaje

En esa ciudad del estado de Luisiana, cuando alguien muere, una banda acompaña el cortejo desde la iglesia hasta el cementerio. La música empieza lenta, solemne, casi como un réquiem, y a medida que el féretro avanza por las calles va ganando ritmo hasta volverse abiertamente festiva. Familia, amigos y vecinos bailan junto al ataúd, cantan, aplauden. A los ojos de un visitante puede parecer una falta de respeto, pero quienes crecieron ahí lo explican al revés: es la manera de honrar la vida que se fue y, sobre todo, de cuidar a los que quedan, que no atraviesan el duelo encerrados entre cuatro paredes.

México: el Día de Muertos, una visita que vuelve cada año

En México, la partida no es definitiva. El Día de Muertos, reconocido por la UNESCO como patrimonio cultural intangible de la humanidad, parte de una premisa que a nosotros nos suena exótica pero que para millones de familias resulta absolutamente literal: las almas regresan transitoriamente al mundo de los vivos para visitar a los suyos. Por eso las casas se llenan de altares con la comida favorita del difunto, con flores de cempasúchil, con velas, con fotografías, con objetos personales que los muertos disfrutaban en vida. Los cementerios, sobre todo en pueblos como Mixquic o Pátzcuaro, se transforman en una vigilia enorme: la gente pasa la noche junto a las tumbas, come, reza, charla, cuenta anécdotas del ausente. La muerte no se vive como ausencia pura: se vive como una presencia breve, una visita a la que hay que recibir bien.

Bolivia, Ghana y el Pacífico: tres formas insólitas de honrar al que se va

Hay tres tradiciones que sintetizan hasta qué punto la despedida puede ser creativa. En Bolivia, cada 8 de noviembre se celebra la festividad de las Ñatitas en el Cementerio General de La Paz: los creyentes llevan cráneos humanos, los lavan, los visten, los adornan con flores, coca, cigarrillos y velas, y los acercan al sacerdote para que los bendiga. La tradición sostiene que esos cráneos cuidan el hogar y pueden interceder por quienes los veneran, de modo que el muerto sigue siendo, de algún modo, un miembro protector de la familia. En Ghana, en cambio, la creatividad se traslada al ataúd: es frecuente que la familia encargue un féretro con la forma del oficio o la pasión del difunto, un pescado enorme para un pescador, un avión para un piloto, un pollo gigante para un amante de la cocina, y la ceremonia puede extenderse hasta tres días, con coreografías durante el traslado del cuerpo. Y entre los surfistas del Pacífico, la despedida ocurre en el agua: los deudos forman un círculo sobre sus tablas en el mar, arrojan flores al centro y cada uno dice unas palabras sobre el fallecido; si hubo cremación, las cenizas se dispersan en ese mismo lugar, con la ola como coro.

  • Nueva Orleans, Estados Unidos: bandas que tocan desde la iglesia hasta el cementerio y pasan de lo solemne a lo festivo mientras los deudos bailan junto al féretro.
  • México: altares con comida, flores y velas para recibir a las almas que regresan una vez al año, con vigilias nocturnas en los cementerios.
  • Bolivia: la festividad de las Ñatitas, en la que cráneos humanos son llevados al cementerio para ser bendecidos y venerados como protectores del hogar.
  • Ghana: ataúdes con forma de pez, avión, animal o herramienta del oficio del difunto, con ceremonias que pueden durar hasta tres días.
  • Comunidades de surfistas del Pacífico: círculo de tablas en el mar, flores arrojadas al agua y cenizas dispersas en la rompiente.

Más allá de la música, la comida, el color o la ola, todos estos rituales cumplen una función muy concreta y bastante silenciosa: dan un marco colectivo a una experiencia que, vivida en soledad, puede resultar devastadora. Compartir el dolor con otros, tener un momento y un lugar para expresarlo, saber que el cuerpo y las emociones tienen permiso de hacer ruido, ayuda a transitar la pérdida sin que el duelo se transforme en un pozo del que no se vuelve. Volví a pensar en aquel sepelio de Nueva Orleans mientras escribía esta nota, y me volvió a la cabeza la imagen del deudo que, con los ojos húmedos pero la sonrisa enorme, le hacía un gesto a la banda para que apurara el ritmo. No era alegría: era vida, empujando al muerto hasta la tumba con la misma fuerza con la que lo había acompañado en vida. Tal vez por eso, al cerrar esta recorrida, me queda una sola pregunta, y se la traslado a quien esté leyendo: de todos estos rituales, cuál se parece más a la forma en que a vos te gustaría que te despidan.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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