Cuando decir que no se vuelve una odisea y el cuerpo termina poniendo los límites que la palabra no puso
La dificultad para poner límites no es un rasgo de carácter fijo: se construye en la primera infancia y puede revisarse en un tratamiento. Ansiedad, insomnio, dolores sin causa aparente y un cansancio que ningún descanso alcanza son algunos de los costos de callar el propio deseo. También lo es lo contrario: no tolerar el no del otro.

Acomodé la pequeña cosecha de bananas en la bolsa de tela, miré la fila que se estiraba hasta la puerta y pensé en la señora de adelante, la que llevaba un carro lleno como si el supermercado fuera a cerrar mañana. Le pregunté si tenía monedas sueltas para el cambio exacto. Me miró como si le hubiera pedido un órgano. No pude. Me di vuelta, busqué las monedas en el fondo de mi mochila y até el silencio que se me había instalado en la garganta desde algún lugar muy antiguo. Esa escena, que parece una anécdota menor, abre la puerta a algo que los psicoanalistas atienden todos los días: la enorme dificultad que tienen muchas personas para decir que no, para poner un límite, para frenar el propio atropello en nombre de no romper algo con el otro.
La especialista en materia, al menos en lo que se lee en el material de base, lo explica con una frase que a mí me resonó especialmente: el límite no es lo opuesto del amor, es una de sus formas. Y sin embargo, cuántas veces se vive como si fuera exactamente lo contrario, como si decir hasta acá equivaliera a traicionar a alguien, a poner en riesgo un vínculo que se construyó sobre la base de aceptar todo, siempre, sin chistar.
Un proceso que empieza en los primeros meses de vida
Cuenta el texto que el límite empieza a formarse desde los primeros meses de existencia. El pecho que no siempre está, el no ante el peligro, la espera antes de la satisfacción, todo eso que el bebé vive como frustración en el momento es, paradójicamente, lo que le permite construir la diferencia entre uno mismo y el otro, entre el deseo y la realidad. Cuando ese proceso no se completa como debería, aparecen dos patrones opuestos que son, a la vez, espejo y contracara.
- El de quien no puede poner límites: aprendió temprano que el propio deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo. De adulto acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde.
- El de quien no tolera el límite ajeno: cualquier no se vive como ofensa o desafío. Parece fortaleza, pero responde a una imagen frágil de sí mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro.
- Un punto intermedio, que no es ni sumisión ni imposición: poder decir que no sin culpa y escuchar un no sin sentirlo como amenaza.
Los costos del primer patrón son concretos, y a la larga se vuelven hasta físicos. Cuadros de ansiedad, un resentimiento que se acumula silenciosamente, un cansancio que ningún descanso del domingo resuelve porque no es físico sino psíquico. Y hay algo más que me parece importante señalar porque a uno le toca muy de cerca: con el tiempo, el cuerpo puede empezar a poner los límites que la persona no puso. Dolores sin causa orgánica clara, insomnio, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.
El segundo patrón también hace daño, aunque por el otro lado. Las relaciones de quien no tolera el no ajeno tienden a organizarse alrededor de su voluntad, y eso, a mediano plazo, las vacía. Es decir: la aparente fortaleza se transforma en soledad, porque nadie quiere quedarse demasiado tiempo al lado de alguien que necesita vencer cualquier resistencia para confirmar que existe.
La buena noticia: se puede revisar
Lo más importante de todo lo que se lee en el material, y lo que a mí me parece que vale la pena llevarse a casa, es que esto no es un rasgo inmodificable. Se construyó en un momento temprano de la vida y, cuando no se construyó bien, puede revisarse. Un tratamiento adecuado ofrece el espacio para aprender a decir hasta acá sin sentir que se traiciona al otro. Llegar a ese punto tiene un costo real, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien se depende, afectiva o incluso económicamente, pero ese costo suele ser mucho menor que seguir acumulando ansiedad, resentimiento y un cuerpo que empieza a quejarse en nombre propio.
Volví entonces a la señora del supermercado y me pregunté cuántas veces uno se va de una escena así sin decir lo que tenía que decir, y cuántas de esas veces el cuerpo termina pagando la cuenta. Pienso en esta nota como una invitación a hacerse esa pregunta en serio, con la tranquilidad de saber que no se trata de un defecto de fábrica sino de algo que se aprende y, sobre todo, que se puede desaprender.
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