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Viernes, 2 de octubre de 2026
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Cuando cuidar se vuelve un trabajo sin horario: el peso cotidiano que reveló una encuesta de la Universidad Austral

Un relevamiento sobre 1.028 personas en Argentina muestra que seis de cada diez cuidadores principales atraviesan algún grado de sobrecarga, con un impacto mayor entre las mujeres y diferencias marcadas según la formalidad laboral. La investigación advierte que la calidad del acompañamiento pesa más que la cantidad y que la informalidad deja a muchos sin licencias ni respiro.

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Esteban ZapataSociedad y vida · · 5 min de lectura
Cuando cuidar se vuelve un trabajo sin horario: el peso cotidiano que reveló una encuesta de la Universidad Austral

Son las nueve de la noche y la cocina todavía huele a la comida del mediodía. Mientras acomoda los platos en el lavavajillas, María piensa en la pastilla que le tiene que dar a su madre a las diez, en la cita con la médica geriatra del jueves, en la factura de la luz que vence mañana y en ese proyecto de taller de costura que dejó de lado hace dos años. No es un caso excepcional: es la postal más repetida entre las 1.028 personas mayores de 18 años que la Universidad Austral consultó entre octubre de 2025 y abril de 2026 para entender cómo se vive el cuidado de un familiar en la Argentina. Uno de cada cinco encuestados dijo que cuidaba a alguien, y dentro de ese universo la investigación se detuvo a mirar a 120 cuidadores principales, los que cargan con la organización cotidiana del acompañamiento.

El dato más fuerte llegó cuando se midió el desgaste. Aplicando la escala de Zarit, un cuestionario de 22 ítems que se usa a nivel internacional, el 60 por ciento de esos cuidadores principales registró algún grado de sobrecarga, y un 40,8 por ciento alcanzó el nivel intenso, es decir, el que los propios autores del trabajo consideran que requiere una intervención específica para evitar que el cuadro se agrave. Lo que se les preguntaba era tan concreto como abarcador: si descansaban, si podían sostener un proyecto propio, si el cuidado les complicaba la vida laboral, si sentían que habían dejado de hacer cosas por esa tarea.

Mujeres: más carga, menos espacio propio

Las diferencias por género aparecen apenas se baja a los números. Entre las mujeres cuidadoras, el 54 por ciento afirmó que la responsabilidad le impedía descansar lo necesario y el 44 por ciento dijo que limitaba sus proyectos personales, esos pequeños planes que dan aire fuera de la casa, como un curso, un viaje corto, un rato de lectura sin interrupciones. Entre los varones, las proporciones cayeron al 30 por ciento en descanso y a apenas un 10 por ciento en proyectos personales. Para los autores del trabajo, la fotografía confirma lo que la literatura venía señalando: que el cuidado sigue recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres, tanto en el tiempo que demanda como en las cosas que les obliga a resignar.

  • El 60 por ciento de los cuidadores principales presentó algún grado de sobrecarga medida con la escala de Zarit.
  • El 40,8 por ciento alcanzó el nivel intenso, considerado un umbral que requiere intervención.
  • El 54 por ciento de las mujeres cuidadoras reportó que el cuidado le impedía descansar lo necesario, frente al 30 por ciento de los varones.
  • El 44 por ciento de las mujeres dijo que la tarea limitaba sus proyectos personales, contra el 10 por ciento de los varones.
  • El 75 por ciento de quienes cuidaban tenía además un trabajo remunerado, con marcadas diferencias según la formalidad.
  • El acceso promedio a licencias y prestaciones fue del 53,7 por ciento entre trabajadores formales, del 17,1 por ciento entre informales y del 9,5 por ciento entre independientes.

La trampa del trabajo y el peso de no tener cobertura

El relevamiento también puso el ojo sobre la compatibilidad con el empleo. Tres de cada cuatro cuidadores principales tenían un trabajo remunerado, lo que muestra que la inmensa mayoría de quienes cuidan no lo hacen como ocupación exclusiva sino que deben articular esa tarea con horarios, viajes y exigencias laborales. El problema es que las herramientas para equilibrar ambas responsabilidades se distribuyen de manera muy desigual según cómo esté contratado el trabajador. Entre los formales, el acceso promedio a licencias y prestaciones vinculadas a maternidad, paternidad, enfermedad de un familiar, eventos familiares y guardería alcanzó el 53,7 por ciento. Entre los informales, ese promedio se desplomó al 17,1 por ciento, y entre los independientes cayó al 9,5 por ciento, un abismo que deja a la mayoría de los cuidadores sin un esquema formal de respiro.

Otro de los hallazgos más llamativos del estudio tiene que ver con una intuición que se repite en los consultorios: la ayuda importa, pero no toda ayuda sirve. La proporción de sobrecarga intensa fue del 40 por ciento tanto entre quienes dijeron recibir apoyo como entre los que dijeron no tenerlo. Para los investigadores, esa coincidencia refuerza una idea central: importa la calidad del acompañamiento y no solamente que alguien aparezca. La encuesta desagregó esa calidad en tres dimensiones, la afectiva, la informacional y la operativa, y encontró que lo que alivia es la combinación de las tres, es decir, sentirse escuchado y contenido, contar con orientación concreta para resolver trámites y decisiones, y tener a alguien que efectivamente se haga cargo de tareas específicas en momentos puntuales.

“La investigación sostuvo que importa la calidad del apoyo y no solamente su existencia, y por eso midió las dimensiones afectiva, informacional y operativa del acompañamiento.”Informe de la Universidad Austral

En medio de un cuadro tan exigente, la encuesta dejó registrada una arista que no se quiere perder: el 95,7 por ciento de los cuidadores identificó al menos un aspecto gratificante de la tarea. El afecto recíproco, los momentos compartidos y los cambios que la persona cuidada iba logrando aparecieron entre las respuestas más mencionadas, una marca humana que convive con el cansancio, con la organización diaria y con las licencias que a veces no alcanzan. A María, en su cocina de las nueve de la noche, esa convivencia le resulta familiar: sabe que la pastilla de las diez, la médica del jueves y la factura de mañana forman parte de la misma jornada, y que en algún hueco, cuando puede, todavía recuerda la mesa de costura que alguna vez fue suya.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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