Cuando bajar la grasa corporal demasiado se vuelve un problema para los músculos y las hormonas
Especialistas advierten que reducir al mínimo las reservas de tejido adiposo puede afectar la masa magra, los huesos y el equilibrio hormonal, incluso en personas que entrenan con regularidad.

Me llamó la atención una historia que llegó a mi mesa de trabajo esta semana y que me parece que vale la pena contar con tiempo, porque toca un tema que muchos argentinos atravesamos alguna vez: la obsesión por bajar el porcentaje de grasa corporal hasta límites que el cuerpo simplemente no tolera. Ahí estaba Tamara Hew-Butler, investigadora de la Universidad Estatal de Wayne, observando los datos de más de setecientos deportistas que se habían sometido a estudios de composición corporal con tecnología DEXA, esa suerte de escáner que distingue entre grasa, músculo y hueso. Lo que encontró fue, como mínimo, inquietante: los registros más bajos en los hombres rondaban el diez por ciento de grasa corporal, mientras que en las mujeres el piso se ubicaba cerca del dieciséis por ciento. Nada que ver con aquel uno o dos por ciento que aparece en las publicidades de suplementos o en las conversaciones de gimnasio cuando alguien presume de estar "definido" como si fuera un superhéroe.
Por qué la grasa cumple funciones que muchos desconocen
Para entender lo que está en juego hay que cambiar un poco la mirada. El tejido adiposo, ese que durante años escuchamos que había que reducir a toda costa, no es solamente un reservorio pasivo de calorías acumuladas. También fabrica hormonas, entre ellas la leptina, que funciona como un mensaje que el cuerpo le envía al cerebro para avisarle cuánta energía tiene disponible. Cuando las reservas caen por debajo de cierto umbral, esa señal se debilita y el organismo empieza a tomar decisiones drásticas: apaga funciones que considera prescindibles para concentrar los pocos recursos que le quedan en lo esencial, algo así como cuando en una casa se corta la calefacción para pagar la luz.
Eso explica, por ejemplo, lo que describe Fredrik Karpe, profesor de medicina metabólica de la Universidad de Oxford: una persona con reservas demasiado bajas de grasa tiene más dificultades para responder frente a una infección grave, porque su cuerpo no cuenta con el combustible extra que suele movilizar en esas situaciones. No es un tema menor, aunque suene técnico. Pienso en la cantidad de veces que escuché en el club, en la oficina, en la fila del supermercado, a alguien quejándose de que se resfría cada dos por tres mientras hace una dieta estricta, y nadie lo conecta con lo que come o con lo que dejó de tener en el cuerpo.
Lo que se pierde cuando se pierde demasiada grasa
Yendo a lo concreto, Jessica Maung, investigadora de enfermedades metabólicas de la Universidad de Míchigan, fue bastante clara al explicar lo que sucede cuando la restricción calórica se lleva puesta también a la grasa que el cuerpo todavía necesita. El organismo, ante la falta de combustible, empieza a tirar del músculo para obtener energía, lo que termina perjudicando tanto la generación de tejido óseo como su reparación. Es decir, no solamente se pierde fuerza, sino que también los huesos quedan más expuestos, algo que debería preocuparnos a partir de cierta edad, cuando la osteoporosis empieza a asomar como una amenaza real.
- En hombres con alimentación insuficiente puede bajar la testosterona, junto con la energía y el rendimiento físico.
- En algunas deportistas aparecen irregularidades menstruales o directamente ausencia del período.
- El sistema inmunitario se resiente y la respuesta frente a infecciones graves se vuelve más lenta.
- La masa muscular disminuye porque el cuerpo la usa como fuente de energía alternativa.
- La densidad ósea se ve afectada, con menor generación y peor reparación del tejido de los huesos.
Un número aislado no dice todo sobre la salud
Ahora bien, también me parece justo aclarar algo que los propios especialistas remarcan y que suele quedar fuera de la conversación: un porcentaje de grasa corporal, mirado en soledad, no cuenta la historia completa de una persona. Influyen la edad, el sexo y, sobre todo, dónde se ubica esa grasa. Una balanza de bioimpedancia de las que se consiguen en cualquier farmacia puede dar resultados muy distintos según cuán hidratado esté quien se sube, y los pliegues cutáneos que toman los profesores de educación física sirven para estimar la grasa subcutánea, pero no dicen absolutamente nada de la que se acumula alrededor de los órganos. Esa grasa visceral, la que se instala en la panza y abraza el hígado, el páncreas y el corazón, es la que más preocupa a los médicos cuando aparece en exceso, porque está asociada con problemas metabólicos serios. Volviendo a la historia con la que arranqué, lo que más me llevo de todo esto es una sensación que ya tuve otras veces como cronista: la evidencia vuelve a recordarnos que el cuerpo no responde a slogans ni a promesas de verano, sino a equilibrios que llevan miles de años funcionando. Bajar la grasa corporal hasta el límite puede parecer un mérito deportivo, pero si el precio lo pagan los músculos, los huesos o las hormonas, conviene pensarlo dos veces antes de celebrarlo.
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