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Domingo, 4 de octubre de 2026
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Con qué ponerle al plato la próxima vez que cocines huevos y por qué importa más de lo que parece

Verduras, avena, palta y papa con piel cambian el perfil del plato y pueden ayudar a cuidar la presión y el colesterol. La sal, la manteca y los fiambres también hacen la diferencia, según especialistas y organizaciones de referencia.

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Esteban ZapataSociedad y vida · · 3 min de lectura
Con qué ponerle al plato la próxima vez que cocines huevos y por qué importa más de lo que parece

Yo lo había escuchado mil veces, pero recién me quedó claro aquella mañana en la cocina de mi casa, cuando me detuve a mirar lo que tenía al lado del huevo frito que estaba por comerme. Una cosa es el huevo solo, con su yema y su clara, y otra muy distinta es el conjunto del plato: la rodaja de jamón que se le pone arriba, la tostada con manteca, la pizca generosa de sal que uno espolvorea sin pensar. Ese día entendí que, a la hora de cuidar la presión arterial y el colesterol, el protagonismo no lo tiene tanto el huevo como todo lo que lo acompaña.

La idea es simple de explicar, aunque a veces cuesta aplicarla en el día a día. Un huevo puede ir rodeado de espinaca salteada, de avena cocida, de palta en rodajas o de papa hervida con piel, y en cada caso la comida termina siendo un producto nutricional completamente distinto al que se arma cuando se lo sirve con fiambres, manteca y queso procesado. Lo que cambia es el plato entero, no solo el ingrediente principal.

Verduras, cereales y grasas buenas

  • La papa cocida con piel aporta potasio y fibra, dos nutrientes que se vinculan con el control de la presión arterial.
  • La espinaca es una opción que permite sumar potasio y fibra sin necesidad de recurrir a salsas procesadas.
  • La avena tiene fibra soluble, en especial una sustancia llamada beta-glucano, que forma un gel viscoso en el intestino y favorece la eliminación de sales biliares; al reponerlas, el hígado consume colesterol presente en la sangre.
  • La palta y el salmón reemplazan a la manteca y los embutidos con grasas insaturadas; el salmón, además, aporta ácidos grasos omega tres asociados a una reducción de los triglicéridos.

La sal, mientras tanto, sigue siendo protagonista silenciosa. La Organización Mundial de la Salud recuerda que el consumo elevado de sodio favorece la retención de agua en el circuito sanguíneo y eleva la presión arterial. El potasio de las verduras cumple una función complementaria: ayuda a los riñones a eliminar ese sodio sobrante y colabora con la relajación de las paredes arteriales. De ahí que sumar vegetales y moderar el salero sean decisiones que se dan la mano, casi como si una dependiera de la otra para tener sentido.

Sobre el colesterol, hay un dato que a mí me llamó la atención y que vale la pena compartir: según la Escuela de Salud Pública de Harvard, el colesterol presente en la yema tiene un impacto reducido sobre los lípidos en sangre en personas sanas. Eso no significa que se pueda comer cualquier cosa alrededor. La fibra soluble de la avena, explica Mayo Clinic, puede ayudar a disminuir el colesterol LDL, el llamado colesterol malo, justamente por ese mecanismo de las sales biliares que mencioné antes. Para que el efecto aparezca, dicen los especialistas, la incorporación tiene que ser sostenida en el tiempo, no un capricho de una semana.

Cocinar y condimentar sin pasarse de sal

En la práctica, lo que funciona es bastante accesible. Hervir, cocinar al vapor o llevar al horno los acompañamientos, y darles sabor con hierbas aromáticas, especias o unas gotas de jugo de limón, permite reducir la cantidad de sal sin que el plato quede triste. La idea, más que prohibir, es redistribuir: que el sabor lo pongan otros ingredientes y que la sal quede como un recurso y no como la base de todo. Reemplazar manteca y embutidos por palta o salmón mejora la composición de la comida sin volverla una excepción costosa o una rareza culinaria.

Vuelvo a mi huevo de aquella mañana. Terminé cambiándole la compañía: lo serví con unas hojas de espinaca salteadas con ajo, una rodaja de palta y un poco de avena que me había sobrado del desayuno. La diferencia fue poca en esfuerzo y mucha en lo que ese plato le iba a pedir al corazón. No se trata de comer perfecto, sino de ir moviendo, de a poco, lo que uno le pone al lado al huevo. A veces los cambios más chicos son los que más terminan sumando.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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