Cómo actúan los medicamentos para la obesidad y por qué el seguimiento médico es inseparable del tratamiento
La semaglutida y la tirzepatida intervienen sobre señales del hambre y la saciedad, pero la médica Pilar Quevedo advirtió que sin cambios de hábitos, controles profesionales y sostén del músculo el resultado no se mantiene en el tiempo.

Me toca arrancar esta nota sentado frente a la pantalla, todavía con el eco de algo que escuché esta semana y que me dio vueltas en la cabeza. En el consultorio del Hospital de Clínicas, una mujer de unos cincuenta y tantos le decía a la médica que llevaba años peleando con la balanza, que probaba dietas, que bajaba tres kilos y los recuperaba, que su familia ya no la miraba como antes. No era un caso extraordinario, me dijo después la especialista: era, en realidad, un relato que se repite todo el tiempo. Y es justamente a partir de esas historias cotidianas, de personas concretas, que conviene empezar a hablar de los medicamentos que hoy cambiaron la conversación sobre la obesidad en la Argentina.
Porque la obesidad, antes que nada, es una enfermedad. Y como tal, tiene tratamientos farmacológicos cada vez más estudiados, como la semaglutida y la tirzepatida, que en los últimos meses coparon conversaciones de WhatsApp, recomendaciones de famosos y hasta comentarios en la mesa familiar. Pero detrás del nombre comercial y del entusiasmo que generan, hay un mecanismo fisiológico preciso y, sobre todo, un seguimiento médico que ningún envase reemplaza. Eso lo dejó bien claro la doctora Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires, en diálogo con este portal.
Qué hacen estos medicamentos en el cuerpo
La semaglutida y la tirzepatida, me explicó Quevedo, no son ni más ni menos que versiones sintéticas de señales que el intestino produce de manera natural y que viajan hasta el cerebro, el estómago y el páncreas. En criollo: imitan mensajes que el cuerpo ya usa para hablar de hambre, saciedad y metabolismo de la glucosa. La diferencia entre una y otra es técnica pero relevante: la semaglutida actúa sobre un único receptor, mientras que la tirzepatida interviene sobre dos vías complementarias, lo que amplía su efecto. En ambos casos, el resultado clínico es que la persona come menos, se siente satisfecha con porciones más chicas y, en muchos pacientes, mejora parámetros vinculados con la diabetes.
Por qué la indicación profesional no es un trámite
- La evaluación inicial incluye peso, composición corporal, antecedentes clínicos y consumo de otros medicamentos.
- Las dosis se suben de forma gradual, en un proceso llamado titulación, para mejorar la tolerancia y minimizar efectos adversos como náuseas o malestares digestivos.
- Se controla cómo responde cada paciente: cuánto baja, a qué ritmo y de qué manera se modifica la masa grasa y la masa muscular.
- Se verifica que la persona incorpore actividad física, idealmente combinando ejercicio de fuerza con cardiovascular.
- Se evalúa la alimentación, la hidratación, la calidad del sueño y el entorno familiar y laboral, porque los hábitos no se cambian en el vacío.
Cuando le pregunté por qué tanta insistencia en el seguimiento, la médica fue clara: el medicamento no hace todo el trabajo. La grasa que se pierde es la grasa que sobra, pero el músculo también puede perderse si no se lo protege, y un descenso demasiado rápido suele ser tan problemático como una suba sostenida. De ahí que el objetivo nunca sea únicamente bajar un número en la balanza: es reducir grasa corporal preservando la masa muscular, y hacerlo a un ritmo que el cuerpo pueda acompañar.
El hambre como síntoma, no como culpa
Vuelvo a la mujer del consultorio que me marcó el arranque de esta nota. Ella me contaba que sentía hambre incluso después de comer, que la comida parecía estar siempre presente en su cabeza, que nadie a su alrededor parecía entender lo que le pasaba. Esa vivencia, me dijo Quevedo, no es un capricho ni una falta de voluntad: es un síntoma. En el consultorio se repite con variantes: hambre intensa, dificultad para sentirse satisfecho, picoteo entre comidas. Son manifestaciones de una enfermedad multifactorial, en la que intervienen lo hormonal, lo emocional, lo social y hasta lo económico. Por eso cuesta tanto sostener un tratamiento solo con voluntad.
Qué pasa después de adelgazar
Hay un capítulo de esta historia que, a mi entender, es el que más se olvida en las conversaciones de café. Una vez que se baja de peso, el cuerpo activa mecanismos fisiológicos que tienden a recuperar lo perdido. Es un mecanismo de defensa, no un defecto moral. Los medicamentos para la obesidad ayudan a sostener el descenso mientras se los usa según indicación profesional, advirtió Quevedo. Pero al suspenderlos, si no hay una estrategia integral que acompañe —alimentación adecuada, movimiento, descanso, apoyo profesional—, la posibilidad de recuperación del peso es alta. La recurrencia, dijo, es la regla más que la excepción cuando se abandona el tratamiento sin esa red.
Me quedo dando vueltas con lo que me dijo la médica cuando le pregunté qué le diría a alguien que hoy está empezando un tratamiento de estos: que no lo viva como una solución mágica, pero tampoco como un fracaso personal. Que se rodee de un equipo que la acompañe, que cuide el músculo, que coma mejor, que duerma, que se mueva. Que entienda que el hambre que siente no es un defecto de carácter sino una señal del cuerpo que, con las herramientas adecuadas, se puede ir regulando. Y que, sobre todo, no esté sola. Quevedo lo dijo con una frase que me quedó rebotando: la obesidad se trata, pero se trata en serio, y se trata con otros.
Una aclaración sobre el alcance de esta nota
Conviene aclararlo antes de cerrar: lo que se publica aquí es un resumen ordenado de las explicaciones brindadas por la doctora Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la UBA. No reemplaza una consulta médica ni una indicación personalizada. Si alguien está considerando iniciar un tratamiento farmacológico para la obesidad, lo correcto es hablarlo con un equipo de salud que pueda evaluar su caso particular, su historia clínica y sus objetivos. La información, como siempre, es una herramienta: lo que define el camino es la atención profesional de cada paciente.
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