Cecilia Garraffo, la científica de Belgrano que entrena máquinas para cazar vida en las estrellas
Creció en Buenos Aires, dudó entre ser actuaria y astrónoma, y hoy dirige un instituto en Harvard donde la inteligencia artificial se pone al servicio de la pregunta más antigua de la humanidad: si estamos solos en el universo.

La encuentro en un aula del ITBA, en pleno microcentro porteño, con un café en la mano y la misma calma de quien lleva años respondiendo la misma pregunta una y otra vez sin cansarse. Cecilia Garraffo acaba de terminar un seminario sobre inteligencia artificial aplicada a la astronomía y todavía le brillan los ojos cuando cuenta por qué eligió dedicar la vida a buscar vida fuera de la Tierra. La primera vez que la vi, hace ya un par de años, me llamó la atención su tono: ni místico ni escéptico, simplemente estadístico. Y esa manera de mirar el cosmos, con los pies en la Tierra y los ojos en datos, es la misma que hoy la tiene al frente del Instituto AstroAI, un espacio singular dentro del Centro de Astrofísica de Harvard y Smithsonian, donde se entrenan modelos propios de inteligencia artificial para encontrar patrones en el cielo que ningún humano podría detectar a ojo.
Porque la historia de Cecilia es, antes que nada, la historia de alguien que se animó a cambiar de rumbo cuando todavía no sabía bien hacia dónde iba. Creció en el barrio de Belgrano, en una casa donde se hablaba de ciencia sin solemnidad. Terminado el secundario se anotó en Actuario en la Universidad Nacional de La Plata, seducida por los números, que se le daban bien y le prometían un futuro más terrenal. Llegó hasta tercer año firme. Lo que la hizo girar 180 grados fue una mezcla improbable: los libros de Stephen Hawking por un lado, y por el otro una película, Contacto, aquella en la que Jodie Foster escucha un mensaje entre el ruido del cosmos. A partir de ahí, se cambió a Astronomía, hizo el doctorado en Física en la UBA y se fue al exterior a completar dos posdoctorados, uno en astrofísica computacional y otro en inteligencia artificial, las dos pasiones que hoy confluyen en su laboratorio en Boston.
Una pregunta muy grande contestada con números
Le pregunto qué piensa de verdad, dejando de lado los y los papers, y ella se ríe antes de responder. Dice que lleva años escuchando la misma consulta en cada charla que da, y que ya tiene armada una respuesta que es casi un credo personal: piensa que hay vida en otros lugares del universo, aunque no pueda probarlo. Y aclara, porque le parece importante no malentenderse, que cuando habla de vida no piensa en marcianos verdes ni en civilizaciones con antenas, sino en algo tan chico como una bacteria o un virus, cualquier señal bioquímica que indique que la química se volvió biología en algún otro rincón del cosmos. Lo dice así, textual, como si la frase fuera un mapa: "Pienso que hay vida en otros lugares del Universo. No puedo probarlo. Pero es una cuestión estadística. Lo raro sería que no hubiera más vida que la que conocemos".
Y acá viene el dato que a mí, como porteño de a pie, más me impactó de la charla: detrás de esa intuición hay una cuenta enorme. La galaxia tiene más estrellas que granos de arena tiene la Tierra. Si a cada sistema planetario le damos una chance, por pequeña que sea, de haber generado química orgánica, las chances de que al menos alguno haya pasado de la química a la biología se vuelven razonables. Por eso Cecilia insiste con lo estadístico: no es un acto de fe, es una estimación con asterisco, como las de los papers, pero hecha con honestidad. Eso sí, también se encarga de poner los pies sobre la mesa cuando se habla de vida inteligente: las distancias en el universo son tan brutales que, aunque mañana apareciera otra civilización tecnológica a la vuelta de la próxima estrella, la posibilidad de intercambiar siquiera un mensaje sería prácticamente nula. Vivimos, dice, en un universo enorme y silencioso, pero no necesariamente vacío.
Máquinas que buscan lo que nadie se imaginó buscar
Lo que la trajo a Buenos Aires esta vez no fue la filosofía, sino el trabajo concreto. Cecilia dirige un instituto que se llama AstroAI, una sigla que a esta altura ya suena familiar en cualquier conversación tecnológica, pero que en su caso significa algo muy específico: entrenar modelos propios de inteligencia artificial, sin depender de las herramientas comerciales que circulan por ahí, para aplicarlos al análisis de datos astronómicos. La diferencia, me explica, no está solamente en la velocidad con la que estos sistemas procesan información, que ya de por sí es obscena, sino en algo más sutil y más lindo: la capacidad de encontrar patrones que los propios astrónomos no sabían que estaban buscando. "Podemos intencionalmente buscar patrones que no conocemos ni sabemos que están ahí", dice, y lo dice con una media sonrisa, como quien reconoce que está trabajando con una herramienta que, en buena medida, también la sorprende a ella.
- El Observatorio Vera Rubin, en Chile, produce en una sola noche de observación tantos datos como los acumulados en toda la historia de la astronomía hasta hoy.
- Procesar ese volumen de información sin inteligencia artificial es, según Garraffo, directamente imposible con los métodos tradicionales de la disciplina.
- Para detectar vida, los científicos rastrean lo que llaman biosignaturas: señales químicas en la atmósfera de planetas lejanos que delaten actividad biológica.
- Una de las moléculas candidatas es el oxígeno, aunque medirla en mundos ubicados a años luz sigue siendo un desafío técnico enorme con los instrumentos actuales.
- En 2025, Garraffo recibió el Premio Presidencial a la Trayectoria Temprana para Científicos e Ingenieros, la máxima distinción que Estados Unidos otorga a profesionales en las primeras etapas de su carrera.
Antes de despedirnos, en el mismo salón del ITBA donde hace un rato disertaba, le pregunto qué le diría a una chica de Belgrano que hoy está por terminar el secundario y no tiene la menor idea de qué estudiar. Cecilia se queda callada un segundo, como si la pregunta le importara de verdad. Después me dice, sin solemnidad pero con firmeza, que se anime a leer lo que le dé curiosidad, aunque no tenga nada que ver con la carrera que eligió. Que una película boba, un libro de divulgación o una clase que se toma al pasar pueden cambiar el rumbo de una vida entera. Le creo, porque eso es exactamente lo que le pasó a ella. Y me voy pensando que, mientras en algún laboratorio de Boston sus máquinas aprenden a buscar patrones que nadie sabe que existen, en una escuela de Buenos Aires quizás hay otra pibe que todavía no leyó su Hawking ni vio su Contacto, pero que está a punto de hacerlo. Si la estadística de Cecilia tiene razón, la vida ahí afuera espera. Y acá adentro, también.
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