Caminar quince minutos, dormir mejor y, de paso, cuidar la vida sexual: lo que dice una especialista en suelo pélvico
La fisioterapeuta Erika Lydon explica cómo sumar movimiento de manera razonable puede favorecer la función sexual, qué pasa cuando se entrena de más y por qué conviene consultar antes de lanzarse con ejercicios específicos.

Imaginen a Daniela, una mujer de cuarenta y pocos, oficinista, madre de dos, que después de años de postergarlo se calza unas zapatillas y sale a caminar quince minutos por la vereda de su barrio. No busca bajar de peso ni correr una maratón: simplemente quiere moverse un poco más. Semanas después nota algo que no esperaba: duerme mejor, llega menos tensa a la cama y, de a poco, empieza a sentirse más presente en su intimidad. No es un milagro ni una promesa de marketing. Es, en gran parte, lo que la evidencia viene mostrando sobre el cruce entre actividad física y vida sexual. Y es también el punto de partida de la conversación que mantuve con Erika Lydon, fisioterapeuta especializada en suelo pélvico, a propósito de un tema que suele quedar tapado por pudores innecesarios.
La idea central es bastante directa: hacer ejercicio con regularidad puede favorecer la función sexual, pero pasarse de rosca, alimentar mal o no descansar lo suficiente puede terminar jugándole una mala pasada al deseo. Entre esos dos extremos hay un terreno enorme, lleno de grises, donde entran el descanso, el estrés, la circulación y, claro, la salud del piso de la pelvis.
Empezar por algo que se pueda sostener
Antes de hablar de series, repeticiones o rutinas, Lydon pide bajar un cambio. La propuesta más concreta que me dejó fue bien terrenal: arrancar con caminatas de quince minutos e ir subiendo de a poco. La lógica detrás de eso es simple y a veces se pierde entre los mensajes de las redes: si elegimos algo que nos resulta agradable y que podemos mantener en el tiempo, la probabilidad de que se convierta en costumbre crece. Y una costumbre, con el correr de las semanas, empieza a devolver cosas.
Como referencia general para la mayoría de las personas adultas, la especialista mencionó la pauta clásica de la Organización Mundial de la Salud: unos ciento cincuenta minutos de actividad aeróbica moderada por semana, o setenta y cinco de actividad intensa, sumados a dos jornadas de trabajo de fuerza. La aclaración es importante: esa meta apunta a la salud integral, no es un tratamiento para el bajo deseo ni garantiza cambios automáticos en la libido. El estado emocional, las hormonas, el vínculo de pareja, la alimentación y un largo etcétera también tienen su palabra.
- Caminatas cortas de quince minutos como puerta de entrada, sobre todo para quienes vienen de hacer poco o nada.
- Subir la exigencia de manera gradual, sin saltar de cero a tope en una semana.
- Elegir una actividad que resulte agradable, porque lo que se disfruta se sostiene; lo que se sufre se abandona.
- Apuntar, con el tiempo, a la referencia de ciento cincuenta minutos semanales de actividad moderada o setenta y cinco intensos, más dos jornadas de fuerza.
El suelo pélvico no es un accesorio
Antes de lanzarse con cualquier rutina específica, Lydon sugirió una instancia básica: si hay dolor, molestias o alguna preocupación por el desempeño sexual, conviene pasar primero por una consulta con un profesional de salud o con alguien especializado en fisioterapia de suelo pélvico. Esa musculatura, explicó, sostiene estructuras de la pelvis y participa de manera directa en la función sexual, pero no siempre necesita fortalecerse. A veces, de hecho, necesita todo lo contrario.
Pongamos un caso: Martín, un señor de cincuenta y pocos, lee en internet que los ejercicios de Kegel son la solución para todo y se pone a hacerlos como si fueran un golpecito de efecto. Si su musculatura del piso pélvico ya está contracturada o con dificultad para relajarse, el resultado puede ser el opuesto al buscado: relaciones más incómodas e incluso dolorosas. Es que, como me dijo la especialista, en algunos casos los Kegel pueden servir y en otros pueden aumentar la tensión. De ahí la importancia de no automedicarse con series de internet sin una evaluación previa.
Por qué moverse puede ayudar (y cuándo puede empeorar las cosas)
Hay al menos tres mecanismos por los que la actividad física termina colándose en la vida sexual. El primero es la circulación: el trabajo aeróbico cuida el corazón y los vasos sanguíneos y facilita que llegue más sangre a los genitales. Ese flujo, dijo Lydon, interviene en la erección y también puede colaborar con la excitación y la función sexual femenina. El segundo es el descanso: quien duerme mejor y se acuesta menos pendiente del celular tiende a estar más disponible para el encuentro. Y el tercero es el estrés: la tensión sostenida puede licuar el deseo, mientras que el ejercicio bien dosificado ayuda a mejorar el ánimo y a relajarse. El entrenamiento de fuerza, agregó, puede sumar a través de procesos vinculados con la energía, el manejo del estrés y el equilibrio hormonal.
Ahora bien, todo eso se derrumba si la balanza se corre para el otro lado. Entrenar demasiado, sin una alimentación que acompañe ni tiempos de recuperación razonables, puede terminar afectando el deseo. El cuerpo, cuando está exigido al límite, suele priorizar sobrevivir antes que otra cosa. Por eso la advertencia de Lydon no es un detalle decorativo: pasarse de esfuerzo, mal comerse o no descansar es un camino directo para que la rutina pase de aliada a enemiga de la vida sexual.
Los tiempos no son los de un video de cuarenta segundos
Una de las cosas que más conversamos fue el ritmo en el que aparecen los cambios. Mejoras en el descanso o en los niveles de estrés suelen notarse antes que cualquier variación concreta en el deseo o en la respuesta sexual. Eso significa que los resultados llegan, pero no con la inmediatez que prometen los títulos clickeables. Construir una rutina, sostenerla y permitir que el cuerpo se acomode lleva más tiempo del que uno quisiera.
Vuelvo a Daniela, la del inicio, que ya no sale solo a caminar sino que sumó alguna clase de estiramientos después de pedir turno con una especialista en suelo pélvico para sacarse de encima una molestia que arrastraba en silencio. No encontró una pócima ni una receta mágica. Encontró algo más útil: una manera razonable de moverse, una consulta que le evitó improvisar con ejercicios que no necesitaba y una mejor calidad de sueño. Y ese combo, me parece, es la mejor síntesis de lo que hablamos con Erika Lydon: la actividad física puede ser una aliada del bienestar sexual, pero siempre que se la tome como lo que es, una herramienta más dentro de un cuidado integral, y no como una solución exprés para un problema que, casi siempre, merece algo más de tiempo, de escucha y de consulta profesional.
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