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Lunes, 19 de octubre de 2026
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Bill Gates pidió desde el Vaticano que los gobiernos regulen la inteligencia artificial para evitar que agrande la desigualdad

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Esteban ZapataSociedad y vida · · 4 min de lectura
Bill Gates pidió desde el Vaticano que los gobiernos regulen la inteligencia artificial para evitar que agrande la desigualdad

Me imagino la escena mientras escribo esta nota: una sala del Vaticano, con frescos que llevan siglos mirando a quien habla, y un hombre que hizo fortuna con un software parado frente a un micrófono diciendo, con tono calmo, que la tecnología que él ayudó a popularizar se nos puede ir de las manos. Es la imagen que dejó Bill Gates durante su paso por Roma, y la que resume una advertencia que viene repitiendo, con distintas palabras, desde hace meses: la inteligencia artificial avanza más rápido que las reglas que intentan encauzarla, y si nadie la frena, los beneficios quedarán en pocas manos mientras los riesgos se reparten entre todos.

Un cambio que no se parece a los anteriores

Para Gates, lo que vivimos con la IA no es una innovación más dentro de la historia de la computación. La computadora personal cambió cómo trabajábamos, Internet cambió cómo nos informábamos, pero la inteligencia artificial, según dijo, toca algo distinto: el razonamiento, el lenguaje y la producción de contenidos. La definió como más cercana a un evento evolutivo, porque la humanidad logró crear un tipo de inteligencia que, en muchos aspectos, iguala o supera la cognición humana. Y añadió una frase que resonó fuerte: creo que no estamos prestando atención a los riesgos y que no estamos haciendo lo suficiente para minimizar los daños.

Por qué no alcanza con la autorregulación

Uno de los puntos que más me quedaron de sus declaraciones es el vinculado al delito. Gates describió un escenario en el que los ciberdelincuentes pueden operar con mayor sofisticación y menor inversión: fraudes más convincentes, deepfakes que imitan voces y rostros, campañas de desinformación a medida y hackeos cada vez más difíciles de rastrear. Frente a ese panorama, fue directo: el sector no puede autorregularse, y debe estar guiado por actores neutrales, empezando por los gobiernos. Reconoció, eso sí, una debilidad enorme: buena parte de los funcionarios que tienen que decidir sobre estas herramientas no termina de comprender cómo funcionan, y eso vuelve más difícil escribir reglas que sirvan.

Las oportunidades y quién se queda con ellas

Hay una frase de Gates que me parece clave para entender el corazón de su planteo: si se dejan en manos del mercado, las herramientas más eficaces se desarrollarán primero para quienes puedan pagar más, no para quienes más las necesitan. Lo dijo pensando en países de ingresos bajos y medios, donde describió usos concretos que suenan casi de ciencia ficción pero ya están en prueba: médicos rurales que podrían usar un celular como ecógrafo, estudiantes con tutores pedagógicos personalizados y agricultores que recibirían indicaciones adaptadas al suelo y al clima de cada zona. Son aplicaciones que, según dijo, pueden mejorar la productividad y la calidad de vida, siempre que alguien decida empujarlas hacia esos lugares en lugar de dejarlas en el circuito del marketing y la publicidad digital.

Los límites que ya se ven

Entre las limitaciones que mencionó hay una que me parece especialmente sensible para América Latina: el predominio del inglés en el entrenamiento de los modelos. Eso deja en desventaja a miles de millones de personas que se comunican en otros idiomas, incluidos el español, el portugués y las lenguas indígenas de nuestra región. A eso sumó dos debates abiertos: cómo gravar el trabajo frente a la automatización, y qué tareas deberían quedar deliberadamente en manos humanas aunque la tecnología pueda hacerlas. Son preguntas que, por ahora, no tienen respuesta cerrada en ningún país.

El escenario de fondo

Cierro volviendo a esa misma escena con la que arranqué, la del hombre que construyó una fortuna con software hablando en una sala del Vaticano. Lo que Gates vino a decir, en el fondo, es que la inteligencia artificial no es un tema que pueda quedar encerrado entre ingenieros y empresas de Silicon Valley. Es un asunto de Estados, de sociedades y, sobre todo, de decisiones políticas que van a definir si la próxima revolución tecnológica achica las desigualdades o las agranda. Y la advertencia es clara: sin regulación estatal ni intervención de actores neutrales, las herramientas más potentes seguirán en manos de quienes pueden pagarlas, mientras que los riesgos — ciberataques más sofisticados, desempleo, desinformación — terminarán cayendo sobre todos.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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