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Agotados pero al pie: cuando el cuerpo no apaga la alarma y el día a día se vuelve una trampa silenciosa

Despertarse rendido, perder el hilo de una frase o estallar por una pavada suelen verse como parte del ritmo moderno. Especialistas y estudios recientes coinciden en que esas señales, cuando se repiten, dibujan un cuadro de estrés crónico que conviene identificar a tiempo.

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Esteban ZapataSociedad y vida · 11 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Son las siete de la mañana y María, 47 años, contadora en una pyme de Morón, ya está sentada en el colectivo con la carpeta abierta y el café en la mano. Anoche se durmió a las dos, otra vez. Le cuesta explicar por qué, si a las diez de la noche ya estaba en la cama. No es insomnio clásico, eso dice ella; es como si el cerebro se negara a apagarse del todo, y a las tres de la madrugada los ojos se abren solos, sin razón aparente. Lo que durante mucho tiempo fue una mala semana se transformó, sin que nadie lo notara, en un estado de alerta permanente que arrastra desde hace meses.

Ahí está, justamente, la trampa: hay una diferencia enorme entre atravesar una semana pesada y vivir en alerta constante, y esa diferencia no siempre se nota desde afuera. La rutina puede seguir en pie, los mensajes se contestan a tiempo, los compromisos se cumplen, pero por dentro algo ya está funcionando al límite. Lo cuentan desde hace tiempo los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), que vienen advertencia que el estrés sostenido en el tiempo genera dificultades para dormir, problemas de concentración, cambios de humor y una menor capacidad para tomar decisiones. El problema es que esos síntomas casi nunca aparecen juntos ni en bloque: se presentan de a uno, dispersos, fáciles de atribuir a cualquier otra cosa.

Señales que, sumadas, cuentan una historia distinta

El cuadro, según lo que viene apareciendo en la literatura científica, se parece más a un rompecabezas que a una foto clara. Dormir peor, con despertares nocturnos sin motivo; perder el hilo de una conversación a mitad de una frase; irritarse ante un contratiempo menor; olvidar lo que se iba a decir o lo que se acababa de leer. Cada señal por separado parece menor. El patrón, en cambio, es lo que preocupa.

Una revisión publicada este año en la revista Frontiers in Psychology, que analizó 45 revisiones y más de 2.000 estudios, encontró que las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos, sobre todo en atención, memoria y funciones ejecutivas, aparecen de manera consistente en los cuadros de estrés crónico. Otro estudio, publicado en 2024 en Neurobiology of Stress, señaló que la exposición prolongada puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta. En criollo: cuesta más organizarse, recordar, priorizar y responder con calma, y todo eso consume una energía que antes estaba disponible.

“El problema surge cuando la respuesta de estrés no logra apagarse. En ese punto, el cerebro deja de administrar bien recursos básicos: organizar, recordar, priorizar y responder con calma se vuelven tareas que consumen más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University

Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University, lo explicó con una imagen muy gráfica: cuando el cerebro no logra apagar la respuesta de estrés, hasta las tareas más simples empiezan a costar el doble. Organizar un turno médico, recordar una fecha, decidir qué cocinar se vuelven pequeños torneos cotidianos que dejan a la persona exhausta antes de empezar el día.

Un nombre que ayuda a ordenar, aunque no es un diagnóstico

En los últimos años circuló con fuerza en redes y espacios de bienestar la idea de modo supervivencia, un término que no figura en los manuales clínicos pero que sirve para describir ese estado de alerta sostenido en el que el cuerpo opera como si tuviera que enfrentar una amenaza a cada rato. Para María y para miles como ella, ese nombre no cambió nada en la teoría, pero le puso palabras a algo que vivían sin poder explicar: la sensación de correr todo el día sin avanzar, de estar siempre a punto de reventar por cualquier pavada.

La continuidad de la rutina, justamente, es lo que vuelve engañoso al cuadro. Seguir llegando a tiempo al trabajo, cumplir con los deberes en casa, atender el teléfono, todo eso puede coexistir con un sueño fragmentado y con una tolerancia cada vez menor a la frustración. Lo que parece funcionamiento pleno muchas veces es esfuerzo sobrehumano. Identificar el patrón a tiempo es lo que permite distinguir entre una semana exigente y un desgaste que, si se prolonga, empieza a pasar factura en lo físico y en lo mental, y que a esta altura ya no conviene seguir naturalizando.

María todavía no fue al médico. Lo viene pensando. Dice que mientras pueda con el trabajo y con los chicos, va a tirar. Pero anoche volvió a dormirse a las tres, y esta mañana, otra vez, se despertó rendida. Esa es, probablemente, la señal que conviene no dejar pasar.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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