Aftas en la boca: la molestia que casi siempre se va sola, pero no siempre conviene dejar pasar
Las úlceras bucales son habituales y en la mayoría de los casos se resuelven sin tratamiento. Sin embargo, hay pistas claras para distinguir cuándo son una simple lastimadura y cuándo conviene ir al médico, y revisarlas con atención puede evitar que pase desapercibida una enfermedad de base.

Son las siete de la tarde y Ana, que trabaja en una oficina del centro de Buenos Aires, me cuenta por teléfono que lleva casi un mes con una lastimadura chica en la cara interna del labio que no se le va. Ya probó enjuagues, dejó el café unos días, se cuidó con la comida picante, y nada. Me dice, casi como pidiendo permiso para preocuparse: "¿Esto es normal?" Y ahí, mientras escucho su voz del otro lado, pienso que la consulta que me hace es la misma que se repite en miles de hogares argentinos cada semana, porque las aftas son de esas dolencias tan comunes que solemos mirar por encima, hasta que el cuerpo se encarga de avisarnos que algo no cierra.
Las aftas, o úlceras bucales como las llaman los manuales, son lesiones pequeñas que aparecen en la mucosa de la boca: en el interior de las mejillas, debajo o encima de la lengua, en las encías, en el paladar blando o en la cara interna de los labios. Suelen verse como una mancha redonda con un centro blanquecino, gris o amarillento, rodeada de un borde rojizo, y a veces avisan antes de salir con un ardor o un cosquilleo molesto en la zona. Una aclaración que vale la pena hacer de entrada: no tienen nada que ver con el herpes labial, no se contagian y no aparecen en la parte externa de los labios, que es donde sí se ve el herpes.
Por qué aparecen y por qué casi siempre se van solas
En la enorme mayoría de los casos, las aftas se resuelven solas en una o dos semanas, sin necesidad de tratamiento. Las más habituales son las chicas, redondeadas, que duelen pero curan sin dejar marca. Existe una variante menos frecuente, más grande y profunda, que puede tardar hasta seis semanas en cerrar, y también una forma compuesta por muchas úlceras diminutas que se agrupan, como un enjambre chiquito dentro de la boca.
Los desencadenantes más conocidos son los traumatismos locales: morderse la mejilla sin querer mientras se mastica, un cepillado demasiado enérgico, el roce con un aparato de ortodoncia o con una prótesis mal ajustada y las quemaduras por tomar un mate demasiado caliente o comer algo recién servido. El estrés, el cansancio y los cambios hormonales asociados a la menstruación o el embarazo también aparecen con frecuencia en el relato de quienes las sufren. Y la alimentación importa: las carencias de hierro, ácido fólico, zinc, vitaminas del complejo B y vitamina D están entre los factores mejor documentados. Un metaanálisis publicado en 2024 en la revista BMC Oral Health encontró que las personas con aftas recurrentes presentaban con mayor frecuencia déficit de vitamina B12, bajas reservas de hierro medidas por ferritina y niveles reducidos de hemoglobina, aunque los propios autores aclaran que esa asociación no prueba una relación de causa directa y que en algunos indicadores la evidencia todavía es limitada.
Cuándo la afta deja de ser una simple molestia
- Una llaga que no se cura después de dos o tres semanas.
- Lesiones que reaparecen con frecuencia o aparecen varias a la vez.
- Aftas más grandes de lo habitual, de bordes irregulares o que se extienden hacia los labios.
- Dolor intenso que dificulta comer, hablar o dormir.
- Acompañamiento de fiebre, decaimiento general o pérdida de peso sin causa aparente.
- Síntomas digestivos asociados, como dolor abdominal, diarrea persistente o gases repetidos.
- Aparición de lesiones también en la piel, los ojos o la zona genital.
Cuando las aftas se repiten, salen en cantidad o vienen acompañadas de otros signos, el cuadro puede estar señalando una enfermedad de base. Entre las condiciones asociadas se mencionan la celiaquía, la enfermedad de Crohn, el lupus, la enfermedad de Behçet, la artritis reactiva, distintas infecciones virales, bacterianas o fúngicas y estados en los que las defensas están debilitadas, como el VIH/sida. No se trata de asustarse ante la primera llaga, sino de entender que el cuerpo a veces habla a través de la mucosa de la boca antes de que el resto de los estudios den una pista clara.
Mientras terminamos la charla, Ana me pregunta si debería ir al médico o esperar un poco más. Le digo lo que creo que vale para cualquiera en su lugar: una afta que se queda más allá de las dos o tres semanas, que se agranda o que vuelve una y otra vez merece una consulta, aunque sea para quedarse tranquilo. A veces alcanza con un análisis de sangre para descartar una anemia o un déficit vitamínico; otras, el odontólogo o el dermatólogo pueden pedir estudios más profundos. La boca, después de todo, también cuenta lo que nos pasa por dentro, y aprender a leerla es una forma concreta de cuidarse.
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